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El inspector dejó
caer la ceniza una vez más sobre el gastado cenicero, el humo de
su "Farias" creaba en la habitación un clímax
realmente especial, aún nadie se creía lo que había
pasado. Tras respirar hondo miró al delincuente, rondaba los cuarenta,
estaba bien peinado y parecía estar arrepentido, lo decían
sus muchos años de experiencia.
- Muy bien, cuéntemelo de nuevo y sin omitir ningún detalle-
dijo sin más- y tú apunta Domínguez.
- Y encima dice la gente que exageramos- masculló Domínguez
mientras sacaba un "Pilot" de su bolsillo mirando a una apagada
impresora donde una vez hubo folios- esto servirá- concluyó
dándole la vuelta a un poster de Jesús Vázquez I
"el repudiado".
El delincuente se aclaró la voz y comenzó a relatar la vasta
historia...
- "Se lo había dicho miles de veces a mi hijo, con la magia
negra no se juega, experiencias pasadas así me lo aseguraban. Él
pareció entenderlo, de hecho, ni mi charla ni mis artilugios de
pasatiempos de juventud lo habían impresionada mucho, es más,
su expresión era como de ""eso a mí no me puede
pasar"" o ""esas cosas no existen"" o ""a
quién le importa ese tipo de cosas"", así que
yo dejé estar el tema.
Pues bien, un sábado por la mañana mi hijo se había
reunido con sus amigos en su cuarto, no le dí ni la más
mínima importancia. Yo, leía la prensa matutina como es
costumbre en mí los sábados por la mañana. De repente
un grito aterrador me sobresaltó, provenía del cuarto de
mi hijo, rápidamente me levanté y me dirigí hacia
su cuarto; tenía el firme propósito de irrumpir en su cuarto
para averiguar lo que ocurría, pero, al no volver a escuchar ningún
grito y las risas de mi hijo y sus compañeros, decidí aguardar
de pie.
Cuando ya estaba convencido de que no pasaba nada y volvía con
mi prensa matutina, oí el grito de mi hijo ahogado por la puerta
que nos separaba...
- ¡¡¡Por los siete arcanos de Thera, Sheera, y Megalón!!!-
No podía creerlo, mi hijo estaba invocando a dioses que ni yo,
en mi cultivada experiencia, conocía. Mis impulsos de abrir la
puerta eran cada vez más y más incontrolables; pero basándome
en la esperanza de que mis largas charlas hubiesen servido de algo, le
dí una oportunidad y le dejé seguir por sí mismo.
Mi respiración era cada vez más entrecortada y lo que conseguía
oír tras la puerta no era tranquilizador, demasiados gritos mal
disimulados, demasiadas respiraciones a la vez...
De repente, un grito alarmante -¡¡¡Huyamos, son demasiados
soldados esqueleto!!!- creí que el corazón me iba a brotar
de la garganta de un momento a otro. Fue en ese momento cuando me acordé
de mi túnica y mi bastón. Mientras me debatía en
un dilema moral escuché un tercer y definitivo grito -¡¡¡El
dragón de setecientas cabezas se ha comido a tu amigo y ahora va
a por ti!!!- era lo último, me armé de valor y corrí
hacia el jardín, y, mientras bajaba la escalera, me pareció
oír algo de veinte trols. Dí la vuelta a la casa, cogí
la pala de acero inoxidable y empecé a cavar justo detrás
de la caseta del perro, allí estaban, donde mismo los dejé,
mi túnica y mi bastón. Me puse el atuendo apropiado y subí
rápidamente las escaleras. De una patada abrí la puerta
de la habitación y allí estaban, cinco adolescentes sentados
alrededor de mi mesa de la playa cubierta de papelitos y extraños
dados de incontables caras, aún recuerdo las palabras de mi hijo
-Y por rebotarte contra el master el ejército de orcos se enamora
de ti y... papá, por favor, queremos terminar esta partida de rol
hoy, cierra la puerta al salir...-, y bueno, el resto es historia."
El inspector dejó la colilla de su puro en el cenicero y reclinó
el respaldo de su sillón. Domínguez no salía de su
asombro. El inspector dijo al fin - "Bueno, quizás yo también
los hubiera convertido en sapos cojos del Himalaya".
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