Nadie sabe como ha llegado pero el caso es que está aquí. La gente del pueblo no lo vio llegar. Ni siquiera lo oyeron abrirse paso entre bosques y puestos de aduana, arroyando a todo el que osara interponerse entre él y su objetivo. ¿Y cual es ese objetivo? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Chicas en top-less? Eso damas y caballeros sólo lo puede saber él mismo y, quizá, alguien que lo haya escuchado sincerarse enfrente de la barra de un bar una larga noche de borrachera. De pueblos vecinos vinieron voces de que se acercaba algo extraño a la región. Algo nuevo. Algo distinto. Ni siquiera los más viejos, los más sabios, los pocos universitarios o las curanderas locas saben adivinar de donde ha salido semejante fuerza de la naturaleza. Algunos afirman que es un monstruo nacido de las artes arcanas, tan viejo como el mismo tiempo. Otros conjeturan que es fruto de experimentos genéticos llevados a cabo en secreto por el gobierno dentro de una conspiración para implantar una nueva dictadura. Los más viajados opinan que es un hombre de negocios de la gran ciudad, con quien pudieron el stress y los barbitúricos, y que acabó convertido en una especie de animal salvaje de hambre feroz y abominable comportamiento. Otros lo definen como el último espécimen de una raza en extinción, llegado a nuestro planeta en una cápsula de salvamento en forma de conguito fucsia. La versión de que proviene del espacio exterior es quizá la más extendida, y la gente del pueblo ya se prepara para repeler una invasión. El alcalde Don Mauricio ha anunciado que el ejército de la Puebla del Gorrino ya está armado y totalmente preparado para la acción. El ejército lo comanda el Sr. Tomás, antiguo jefe de la guardia civil en la provincia, y está formado por dos columnas principales. La primera es la de infantería, comandada por el cabo Palomeque, y la consituyen más de quince infantes armados con espadas que previamente han construido con piezas de Lego proporcionadas por el ayuntamiento. Acompañando a los infantes están sus madres, guiadas por Doña Maruja Castillo, la mujer del alcalde, y armadas con una fregona Vileda así como por un par de botes de Glassex Arrojadizos. La otra columna es la de caballería, y la dirige el señor Eduardo Ventosilla, Mr. Ed para los amigos con los que se reune los domingos en la taberna del Anchoas para jugar largas y distendidas partidas de dominó. Por razones de presupuesto, los veinticinco caballos previstos han tenido que ser substituidos por catorce mulas tuertas y un gato callejero que cojea un poco. La distribución de las monturas se hará de la siguiente manera: A los que lleguen antes se les asignarán las mulas distribuidas de menor a mayor por su grado de ceguera. Cuando ya no queden mulas se sorteará el gato cojo entre los jinetes restantes. A los que se queden sin montura, se les proporcionarán unas escobas que, a continuación, procederán a colocarse entre las piernas para, al grito de "Arre, arre", convencer al enemigo de que cabalgan sobre un poderoso corcel. Se declarará exento del sorteo al señor Enrique que deberá montar en su silla de ruedas ya que en la mula no podría colocar el suero. El plan de batalla sugerido por el Sr. Tomás es muy sencillo a la par que efectivo. La infantería avanzará frontalmente contra los invasores y, al llegar delante suyo, rociarán con biberones llenos de leche las pistolas de partículas y sus malvados rayos láser; logrando así que estas se averíen y reduciendo así el potencial ofensivo de nuestros enemigos. La tarea de las madres será la de rociar con Glassex los cristales de la nave para que los alienígenas no vean a través de ellos y no puedan usar sus impíos cañones de protones y neutrinos. Acto seguido procederán a golpear a los, ahora ya indefensos, alienígenas en la cabeza con las fregonas que se les han asignado. Después de esto entrará en juego el arma secreta del Sr. Tomás y el cabo Palomeque: Una pareja de la gloriosa guardia civil del generalísimo (quien, a pesar de los rumores, nadie en el pueblo cree que haya muerto) se acercará a los ya más que derrotados marcianitos y les pedirán los papeles. Como éstos no los tendrán en regla (porque, como todos sabemos, es muy difícil que un extraterrestre consiga un permiso de trabajo en este país) el miembro de más alto rango de la pareja de la benemérita realizará tres pitidos cortos seguidos de un cuarto más largo con su silbato reglamentario. Esta es la señal para la caballería, que se librará de las hojas de almendro que habían utilizado para camuflarse y se lanzará en persecución de los extranjeros que, por supuesto, huirán despavoridos ante el alud de calabazas y melocotones podridos que la columna de caballería lanzará desde sus monturas. Menos el señor Enrique que lanzará canicas de cristal y aceitunas sin hueso ya que la hernia no le permite levantar pesos excesivos. Se está debatiendo en un pleno del ayuntamiento que se hará, después de expulsar a los tiranos interestelares, con la nave en la que hayan llegado. El alcalde Don Mauricio ha propuesto reconvertirla en un monumento que se situará en la plaza de la iglesia, pero el CAAR (Club de Ancianitas Aficionadas al Remigio) cree que es mejor usarla para visitar otros planetas y esclavizar a las razas autóctonas. Esta opinión es secundada por el hijo de Doña Conchita, a quien siempre le ha hecho ilusión ser astronauta. Otro sector formado por el señor párroco y Don Javier, el dueño de la fábrica de abono, opina que podemos usarla para exportar en otros planetas tradiciones tan nuestras como la petanca, la misa de los domingos o las carreras de asnos. También, por supuesto, tienen previsto un sistema para que los marcianos compren heces a Don Javier y, de algún modo, se sientan culpables por ello; por lo que tendrán que ir a pedir el perdón al señor párroco a cambio de una pequeña limosna. El hijo de Doña Conchita también apoya esa moción con tal de que le dejen pilotar la nave. Los conflictos internos no han tardado en hacerse notar y la mujer del alcalde ha acusado a su marido de no cumplir en la cama, a lo que la dueña del burdel ha contestado -Será en la tuya. El hijo de Doña Conchita ha llegado a las manos con el sobrino de Don Agustín, al que ahora ha dado por decir que es mucho mejor piloto que el primero. Don Eudelecio, al intentar separarlos ha recibido un golpe que ha hecho que su ojo de cristal saliese despedido hacia la boca del señor párroco, que se ha atragantado y ha muerto. Para vengar la muerte del párroco, los monaguillos han prendido fuego a las cortinas del ayuntamiento y luego han envuelto a Don Eudelecio en una de ellas. El fuego se ha propagado por todo el pueblo y los más jóvenes han procedido al saqueo. También los pobres han empezado a entrar en casa de los ricos para reclamar lo que, dicen, les pertenece según un señor alemán que se llama Marx. Los dueños de los comercios se han asustado y están apostados en la puerta de sus propiedades disparando a todo lo que se mueve. Incluidos los dueños de los comercios rivales. Los propietarios de empresas más grandes han huido del pueblo asustados tras la noticia de la muerte, ahogado en excrementos, de su homónimo Don Javier. El hijo de Doña Conchita y el sobrino de Don Agustín, después de su acalorada discusión, han sido encontrados fornicando en una porqueriza y sus familias los han desheredado y expulsado del pueblo. Doña Maruja, la mujer del alcalde, ha hecho que la guardia civil cerrase el burdel y, como venganza, las prostitutas que allí trabajaban la han atado a un palo al que posteriormente han prendido fuego mientras corrían desnudas a su alrededor. Al creer esto una especie de ritual de brujería, los estudiantes del seminario, han comenzado a cazarlas y a quemarlas en hogueras mientras dedicaban cánticos al señor. Los solteros del pueblo no se han tomado bien el que les privasen de su coito semanal y se han puesto a descargar su libido con los atónitos aspirantes a sacerdote. Al acercarse la bestia al pueblo lo encuentra completamente en llamas. Las balas silban en el aire apagando los gritos de las mujeres, los llantos de los niños y los chillidos de los estudiantes del seminario. Lo último que ve la bestia mientras se desvía en hacia el siguiente pueblo son unos niños empujando colina abajo a un abuelo en silla de ruedas.
 
Gerard The F.A.N.
Enero 2002

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