El sol pasó a través de su precioso pelo castaño cuando ella pasó su mano derecha por él. Miró la hora despreocupada mientras el profesor se dejaba las amígdalas hablando no se qué de la nobleza despótica.
Podía haberme pasado allí horas y horas; pero un codazo me sacó repentinamente de mi latente letargo.
- Esa esquina de la mesa no la has babeado, a ver si estás más atento.
- Para partirse - contesté irónicamente - ¿sabes que te pones insoportable cuando tu equipo gana?.
- Sí, el problema es que me encanta ponerme insoportable cuando mi equipo gana... y un respeto al líder.
- A tu padre le voy a tener respeto.
Me disponía a volver al limbo cuando... ¡ESTALLÓ LA REVOLUCIÓN FRANCESA! ¡El susto que m'ha dao el meastro, mecagüen...!
El timbre sonó un instante después y mi compañero sacudió la cabeza cuando le pregunté - ¿Ya?-.
Bajando las escaleras la perdí de vista mientras la media sonrisa de mi amigo empezaba a sacarme de quicio. Entonces la ví, apoyada en la barra del bar, sonriendo como siempre y hablando con una amiga, definitivamente estaba más guapa sin gafas.
Empecé a sentir golpes en la nuca y, a una distancia prudencial, respondí con varios puñetazos rápidos y flojos al estómago de mi contrincante, no quería que ella me viera niñear.

En mi casa me comí el bocadillo pensando en ella y en mi situación . Estaba en una situación muy cómoda, yo la miraba y ella me sonreía en la escalera (hasta cuatro veces en una semana). Eso era bueno, patético, pero bueno.
Entonces miré el reloj del vídeo (10:23), el bocadillo por la mitad y el zumo de "sabradiosdequeés" sin tocar. Llegué a la clase sin aliento y con migajas de pan y queso en la sudadera, estaba hecho un cromo. Llamé a la puerta sin demasiada convicción ("detrás de mí no entra nadie" y eso); y me abrió ella. De trentaitantos borregos me tuvo que abrir ella, si no fuera hecho un asco me habría alegrado el día, pero ni tan siquiera me había peinado y empezaba a sudar - tengo que secarme la cara- pensé, pero la imagen del paquete de kleenex olvidado sobre la mesa de la cocina que apareció en mi mente terminó de arreglar la escena.
- Corre, pasa, antes de que se arrepienta - me dijo con una sonrisa cómplice.
¿Habrá en el mundo unos incisivos tan blancos y bonitos como los de ella?
Afortunadamente el maestro pasó de mí olímpicamente (triple salto hacia atrás cayendo de pie). Al lado de mi colega había un asiento libre con sus libros sobre la mesa.
- ¿Qué?, se te ha caído el mundo encima, ¿no, gilipollas?- me dijo tendiéndome un paquete de kleenex con un canguro azul pintado mientras quitaba sus libros de mi mesa.
- Tú dirás - le contesté sacando uno y devolviéndole el paquete.
- Así no puedes seguir.
- A mí me lo vas a decir.
- Tú le caes muy bien, eres su amigo. Pídele que vaya contigo al cine, ella te dirá que sí sólo por compromiso y si la cosa no cuaja al menos lo habrás intentado; y si sí cuaja pues... ¡chapó!.
- Eso no estaría bien por mi parte.
- ¡Los de detrás, ¿os queréis callar?! - dijo el maestro en tono borde.
- Si nos quisiéramos callar estaríamos callados - dijo mi colega bajito.
- ¡¿Qué?!
- Sí, sí, nos callamos, es que estamos comentando una gráfica.
- El maestro nos miró con cara de "sí, y yo salgo en "Los vigilantes de la playa""
- Si sólo me diera un pequeño indicio de que le gusto...
- Así no se puede ir por la vida.
- ¿De quién estáis hablando? - preguntó Ricardito Pérez inclinándome desde atrás.
- ¡¡ Me tenéis harto, Pérez, a la calle!!
- Toma, por preguntar...

En el segundo recreo el sol pegaba con mala leche. En el patio ella estaba sentada en un banco, inexplicablemente sola.
Entonces me di cuenta de que era "ahora o nunca", si me rechazaba no se iba a enterar nadie, así que me dirigí hacia ella con paso firme y decidido. Después de todo, ¿qué era lo peor que podía pasar? - que te diga que no, gilipollas - sí, bueno, pero eso no es tan malo ¿verdad?.
Le hice un gesto con la mano y ella me sonrió (por favor, no lo hagas más difícil) y me saludó con la mano.

Estaba a unos 2 metros de ella, ya no había vuelta atrás, cuando apareció una chica guapísima detrás de la esquina y corrió hasta ella.
- Una prima - pensé al ver que se parecía un poco, pero al llegar ella antes que yo, y besarse, pausadamente, en los labios, supe que no era su prima.
Ella me sonrió y nos presentó.
- Diego, ésta es Lydia, mi... novia. Lydia, éste es Diego, el tío más guay de clase - dijo volviéndose.
Miraba a la otra chica de la misma manera que yo la miraba a ella.
- Hola soy Diego, el tío más guay de clase - repetí tendiéndole la mano.
- ¿Por qué no serás su prima? - pensé cuando Lydia me sonrió.
- ¿Qué me querías decir? - me preguntó.
- ¿Tú has encontrado el libro de lectura de inglés?
- Que va, no lo hay por ninguna parte.
Bueno, al menos no seré el único que no lleve el libro hoy.
- Hasta luego- dijo ella sonriendo.
- Hasta luego- dije yo levantando un poco la mano mientras se alejaban - hasta nunca.
¿Qué, se lo has pedido? ¿Qué te ha dicho? - preguntó Ricardito Pérez sonriendo de la forma más tonta del mundo.
Lentamente me volví hacia él, enarqué una ceja y lo estrangulé.

 
M. D. de Alba "Tarifus"

VOLVER a la página anterior