-Fuera-
Lo había dicho sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador, sin rabia, indignación o cualquier otra cosa, había sido un "fuera" cargado de indiferencia, la misma que había fingido desde que ella apareció en su puerta.
-¿Cómo?-
Siguió sin apartar la mirada de la pantalla, manejando el ratón como si tal cosa. Aún así adivinaba la expresión de asombro de su perfecta cara de arpía. Las más bella de ellas. Una belleza mortal que le devoraba las entrañas.
-He dicho que fuera-
Esta vez, muy a su pesar, dejo escapar algo de emoción en sus palabras. Era una mezcla de cólera reprimida, odio envejecido y dignidad ofendida. Levantó por fin la mirada y allí estaba ella, apoyada en el marco de la puerta con esa elegancia natural de gacela venenosa o víbora amable que amó, o amaba, hasta la locura. Su preciosa melena castaña caía a un lado de su perfilado rostro y sus labios se torcían en una mueca de incredulidad que los hacían aún mas jugosos, o eso le parecía a él.

Quiso evitar mirarla a los ojos, pero ella lo habría notado. Almendra. Almendra claro. Preciosos como siempre lo habían sido, tal y como él los recordaba. El recuerdo de aquellos ojos a menos de un palmo de distancia, en la penumbra, degustando el olor de su pelo y el roce cálido de su piel hizo que algo se revolviera dentro de su pecho, pero siguió firme. Se levantó de la silla y se acercó a ella, sin dejar de mirarla a los ojos levantó un brazo hasta alcanzar la horizontalidad y con el índice le señaló la puerta.
-Fuera, ahora.-
Tan sólo deseaba haberse duchado el día anterior, o el anterior. Deseaba estar limpio y afeitado. Y también deseaba no pesar ciento veinte kilos. Llevar una camiseta limpia que le ayudara a que aquella pose fuese más digna. Los "Red Hot Chili Peppers" cantando "Under the bridge" no le ayudaban a mantenerse firme. De verdad que le hubiera gustado probar aquellos labios otra vez.
Ella cambió de pose. Cruzó los brazos bajo su pecho, levantando sus senos y lo miró con una expresión a medio camino del estupor y el enfado. Una pose ensayada, sin duda. No era buena actriz, era mala persona.
-De verdad que no te entiendo-
-¿Qué parte de "fuera" es la que no entiendes?-
Había conseguido no mirale los pechos y eso le demostró que estaba haciendo lo correcto y que ella no conseguiría quitarle la dignidad que aún le quedaba. No iba a convertirse en un asesino.
-Maldita sea, Paco, te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida. Es un montón de pasta. Pasta que necesitas. Mírate, mira este sitio. ¿Qué pasará cuando se te acabe el poco dinero que te queda? No tienes ingresos, no cobras el paro y la paga por depresión te la retiraron hace dos meses, el tiempo que llevas sin teléfono y sin... internet.-
Había hecho una pausa de dos segundos antes de decir "internet". Le acababa de decir de una manera muy estudiada que llevaba dos meses solo.
-Y lo otro era un regalo, no soy una puta, ¿sabes?-
Aguantó su pose de perro de caza dentro de su camiseta sucia y suspiró hondo. Sabía como hacer que se sintiera mal. Sabía darle la vuelta a las cosas y que él fuera un miserable y ella el hada buena. Pero esta vez no. Desde luego que esta vez no.
-Veo que has hecho los deberes antes de venir.-
Ella le fue a interrumpir pero él la cortó amenazándola con el índice que le quedaba libre.
-Saliste de mi vida hace dos años de la peor manera que pudiste hacerlo, con indiferencia. Yo te quería...
-Tú no estabas realmente enamorado de mí.
Volvió a amenazarla con el dedo.
-Yo te quería con toda mi alma y tú pasaste de mí. Me costó un mundo olvidarme de ti, pero lo hice. Desde entonces mi vida se ha ido a la mierda, es cierto. Ya no tengo amigos, ni trabajo ni dinero, este piso es alquilado y debo dos mensualidades... pero seguro que eso ya lo sabes. Me avergüenza decir el tiempo que llevo sin tocar a una mujer y he engordado cuarenta kilos en veinte meses. Y ahora apareces tú, con tu sonrisa perfecta, tu jersey ajustado y tu aire angelical a quitarme lo único que me queda. Lo único que me permite irme a la cama cada noche y dormir. Mi dignidad personal.-
Se echó a reír indignada.
-Comprendo que te suene a broma, estás acostumbrada a que los hombres dejen cualquier cosa por ti. Empezando, por supuesto, por su dignidad. Pero esta vez no. Llevas meses acechandome en la oscuridad, esperando tu oportunidad, aguantado tu mordedura hasta el momento exacto en el que no me podría negar a venderle mi alma al diablo, a venderte mi alma a ti, pero te equivocaste. No sé a cuantos más les has echo esto, pero a mi no. No me vas a convertir en un asesino. No mataré a nadie por ti. Y ahora lárgate de mi casa de una vez.-
Se giró y su lacia melena dibujó un arco en el aire. Se dirigió hacia la puerta y él la siguió. Abrió la puerta lentamente y antes de salir le miró. Una lágrima nacía de uno de sus preciosos ojos.
-Aún conservo aquél osito-
Y se fue.
Una vez más lo había conseguido. Le dolía el pecho más de lo que le había dolido en mucho tiempo, dos años, tal vez. Él era el miserable. Empezó a recordar aquella noche en la feria de Algeciras cuando ella, con su mirada de niña desvalida, le dijo al oido que quería aquél osito que colgaba de una caseta de tiro. Él se dirigió a aquella caseta, cogió una escopeta y acertó los cinco disparos necesarios para conseguir el premio, a la primera, y sin mirarla siquiera señalo al muñeco que quería. Ella recogió el oso y abrazó a su héroe emocionada, le besó en los labios con pasión y él se sintió el hombre más feliz del mundo.
Es curioso como un recuerdo doloroso es doloroso en el recuerdo y un recuerdo feliz es aún más doloroso en el recuerdo.
Se sorprendió a si mismo con el arma que ella le había traído en las manos. Un rifle corto, ligero, con silenciador. Muy raro y muy caro, sin duda. ¿Lo había olvidado? No, ella lo había dejado allí para que él lo encontrara. Cogió con fuerza el arma y se dirigió hacia la puerta. De pronto, llamaron.
-¿Almudena?-
Fue su única palabra antes de caer al suelo. Un hombre alto vestido por entero de negro lo había derribado cuando fue a abrir la puerta. Llevaba una pistola en la mano. Rápidamente recogió el rifle que había quedado a su derecha. Ya lo tenía cuando recibió el tiro. Sintió como la bala atravesaba su hombro izquierdo y se iba a alojar en la pared que tenía detrás. Con la mano que le quedaba sana disparó dos veces, alcanzando en una de ellas el cuello de su agresor. Se levantó tambaleándose y salió al descansillo, allí estaba y era obvio que no esperaba volver a verlo con vida. Levantó el rifle y apoyó el cañón en su frente, la misma que deseaba besar apenas unos instantes antes.
-Tu amigo no era muy bueno, seguro que él nunca te ganó ningún osito.-
-Por favor, no me mates-
Lloraba. Aún en aquél momento no soportaba verla llorar, tuvo que contenerse para no hacerlo él también.
-No te enteras, ¿verdad?, no vas a despojarme de lo que me queda, no vas a convertirme en un asesino.
Miró detrás de si sonriendo.
-En uno despiadado al menos.
Tiró el rifle y se sentó a esperar a la policía. Le dolía el hombro, pero el dolor de su pecho había desaparecido. Se quedó riendo pensando en cuanto le darían por contar todo aquello en "Crónicas marcianas" ante la atenta mirada de aquellos preciosos ojos almendra repletos de lágrimas.

 
M. D. de Alba "Tarifus"
Noviembre de 2002

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